El análisis como vía de salida al discurso capitalista
Los regímenes totalitarios eran tan efectivos, y calaban tan hondo en la población, principalmente por su estética. Discursos que cautivaban, oradores que estremecían con su elocuencia, la solides de un ideal elevado y una ferviente promesa que marcaba el camino de salvación, fecundaban una identificación sólida en el simpatizante, lo que al final se traducía en devoción absoluta.
En la era de la posmodernidad, hablar de estas estrategias políticas es casi impensable, y rechazaríamos cualquier intento de quien las llevara a cabo, sin embargo, por más paradójico que parezca, vuelven los tiranos, los Trump y los Salvini, los Bolsonaro y los Le Pen. Todos ellos, los nuevos “payasos públicos” (palabra utilizada por Zizek para referirse a la nueva forma de hacer política) no disimulan ninguna de las perversiones que los caracteriza, hacen mofa de los derechos adquiridos y se ponen por encima de la ley. El populismo de la extrema derecha campa a sus anchas y encuentra su guarida en las agotadas almas del sujeto contemporáneo.
Hemos pasado de un sistema propicio para generar identificaciones fuertes, a otro que su especialidad es concebir identificaciones no demasiado definidas, que aunque por caminos diferentes, ambos son igual de efectivas para crear espíritus manipulables. El caldo de cultivo para los que se quieren hacer con el poder absoluto, un sistema político totalitario que se disfraza de falsa democracia, y se aprovechan de una sociedad adormecida, entretenida con todo lo que el capitalismo ofrece y pone a disposición.
La mercancía y la novedad llegan al lugar de la queja, si nos sentimos estafados o víctimas de un abuso, en el lugar de la respuesta llegan móviles con más cámaras, coches que se aparcan solos y televisores más grandes. Es el vaciamiento de sentido por los artículos de consumo, taponando el saqueo del que somos víctimas.
“La
política es una estrategia destinada a manipular con destreza el terror y la
esperanza”
Vivimos el paradigma Hegeliano del esclavo, el discurso predominante del amo que encuentra el servilismo voluntario al alcance de una falsa moneda. Este amo a diferencia del clásico, no tiene rostro, está cubierto de promesas de autorrealización y progreso, y no lo tiene porque así el esclavo no ve a quien culpar, confundido da un tiro de suerte y este cae sobre sí mismo, dejando a su paso el fracaso y arrojándolo a la soledad de la incompetencia.
Ya Freud nos adelantaba en psicología de las masas esta tendencia del ser humano a dejarse esclavizar, el goce en el ejercicio del poder existe en su contracara, también hay goce en dejarse manipular, hay amo en tanto en cuanto exista un esclavo. La debilidad moral deviene estupidez, y en la medida en que una sociedad este mas interesada en el próximo IPhone que en los pillajes institucionales, estará condenada a la opresión desmesurada de sus gobernantes.
¿Cómo pensar entonces un distanciamiento o incluso una posible emancipación del sujeto a los sistemas de manipulación y explotaciones actuales?
Es difícil contemplar esta posibilidad, dada la proliferación constante en todos los ámbitos de la vida de estos imperativos, sin hablar de lo perfectamente articulado que esta el sistema con la demanda social, siendo casi imposible ver donde empieza la cabeza y termina la cola del entramado. Aún los aspectos de la vida que se pensaban inconexos en toda regla con el ideal de consumo, son ahora los abanderados para incorporar a esa pequeña minoría que no había sido reclutada, como lo es la ecología por dar un ejemplo.
Somos llamados a gozar sin límite continuamente, a estar atentos de ser felices en todo momento, a potenciar nuestras vidas, a ser los empresarios por excelencia de nuestra propia vida y resumir nuestra historia a un curriculum. Incluso las propuestas terapéuticas de los profesionales de la salud, se ponen en la línea del adestramiento como solución a los síntomas actuales, operan bajo la sugestión y la rectificación de malas conductas, encarrilando al sujeto a lo que se entiende por normal y socialmente correcto; en ningún momento se alude al deseo del sujeto, en su lugar se le amordaza para que su presencia no estorbe en el camino de la curación. La ciencia ha encontrado un potente aliado, y su interés no tiene que ver tanto con el bienestar de sus usuarios más que con el contenido de sus carteras.
Los ideales actuales se presentan como mandato superyoico, no son solo obligaciones sociales, han pasado a determinar la propia existencia, es inevitable que las terapias que caminan por la vía de la autosugestión inducida causen mas angustia sin que el sujeto entienda porque.
Si
algo puede aportar el psicoanálisis a la emancipación de las ineludibles
exigencias de la esquizofrenia social, es en la vertiente de la experiencia con
el inconsciente, de la dignidad de la palabra. Una oportunidad de alejamiento de
la alienación social, y una apuesta al deseo propio, un descanso del sopor de
la masa y del encuentro con una alteridad desapegada del constante asecho del éxito
y del progreso. “Un análisis llevado hasta el final puede ser una salida al
discurso capitalista”










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