La culpa es inmune a los antidepresivos
La depresión en si misma conlleva una responsabilidad. Pero el culto a la salud en su afán del furor sanandi libera al sujeto de toda responsabilidad frente a su padecimiento, y lo condena a un frenesí de neurotransmisores. El gran éxito de la depresión -lo que ha llevado a triplicar el consumo de antidepresivos en la última década en España- es que la felicidad ha pasado de ser un ideal a convertirse en un deber; y eso como es de esperar, es insostenible. La felicidad como deber hace sentir al sujeto culpable de su infelicidad e insatisfacción, y en su ansia de buscar un alivio a su padecer lo que encuentra a su alcance es la medicación.
Sabemos que la culpa es mayor en aquellas personas con unos principios morales más severos. Son su propio juez, jurado y verdugo, y su código es llamado a valorar sus actos e intenciones, dictan sentencia y suelen ser culpables de cosas que nadie los culparía. El neurótico es el depresivo por excelencia, porque es el que más atormentado esta por esa instancia psíquica a la cual Freud denomino Superyó; se siente siempre en deuda con sus ideales, deuda que le provoca el conflicto que representa el goce frente al ideal.
El goce a diferencia del placer, es eso que sobrepasa, es el más allá, lo que desborda y por consecuencia lo que genera angustia en el sujeto, ya que excede los límites impuestos por el ideal, o lo que es lo mismo, por el superyó. Así ese sujeto neurótico que se siente enfermo y que la medicina actual lo clasifica como depresivo, no encuentra alivio a su sufrimiento más que el que produce el paliativo que le dan los fármacos.
El sujeto deprimido es el sujeto que se siente en deuda constante, deuda que no puede saldar porque no sabe dónde realizar ese pago; lo cual lo lleva a sentirse enfermo, decaído, desconsolado, síntomas que reflejan en su desplazamiento la verdad del inconsciente. Lo que en realidad devela es la culpabilidad de haberse traicionado en sus ideales y haber cedido ante su goce.
La culpa es causada por la prohibición, y la prohibición es producto de la civilización -necesaria entre otras cosas para que el sujeto se adapte a la sociedad- La cultura se instaura a partir de un ente privador, por eso es que el trauma es inevitable en toda tentativa de incorporación de un sujeto a la cultura. Sin trauma no hay civilización, y es el efecto de lo traumático lo que hace sentirnos culpables. En otras palabras: el coste que hay que pagar por acceder a la cultura es la renuncia de nuestro propio deseo, en definitiva a lo que es primario en el ser humano. La agresividad.
Lacan en su seminario Televisión, plantea la depresión como falla moral y la sitúa en relación a la ética. Al deber que impera en cada sujeto que será más o menos igual en relación a las pautas de educación y la ideología occidental, pero que en cada uno varia en eso que no se comparte con nadie más. Así el sujeto se siente en el deber de hacer su vida en concordancia con esos imperativos morales que le preceden, podrá en mayor o menor medida esquivar, sortear esos caminos que en el caso de tropezar sería juzgado con la mayor severidad. Se puede renunciar a la satisfacción de un goce por temor a ser juzgado y castigado, sin embargo, de lo que un sujeto no se puede despojar es de sus propios deseos, estos son irrevocables.
El deseo es atemporal, omnipresente y caprichoso, hay que rendirle cuentas, y la factura que pasa suele dejarnos morosos, el capital del ideal no logra sufragar los gastos del deseo. El deseo da cuenta de lo más germinal de cada sujeto, la renuncia a su manifestación se revierte en pulsión agresiva hacia sí mismo, nada puede parar la maquinaria de la pulsión, el sujeto se siente culpable de esa deuda impagable frente a su deseo y la manifestación de ese síntoma es la depresión, por eso los ansiolíticos y antidepresivos son ineficacias frente a este padecimiento.
Liberar al sujeto de la
responsabilidad de su enfermedad es condenarlo a vivir a ciegas frente a su
padecimiento, cosa por otra parte de sumo provecho para las compañías farmacéuticas.
“De nuestra posición de sujetos somos siempre responsables, porque la
interpretación es nuestras”
El imperativo actual de ser feliz y la cultura de lo híper, hace que el sujeto neurótico sufra doblemente. Lo sumerge en una culpabilidad por su falta de satisfacción y goce frente a la vida, ya no es solamente sufrir por rechazar su propio deseo, sino además, sufrir por no cumplir con la obligación a la que la sociedad lo empuja constantemente, a la exigencia de sentirse bien y ser feliz. El deber de ser feliz lo vehiculiza la promesa de la felicidad que viene de la mano del consumo, allí entra en escena la mercancía para suplir esa necesidad, y entre estás los fármacos que se presentan como la inversión a hacer para alcanzar lo que promete. Pero se sabe que la promesa cae por su propio peso y surge la insatisfacción, es el movimiento de ida y vuelta que necesita el mercado global y que se sostiene gracias a una sociedad estructuralmente adicta.
El psicoanálisis no trata la
depresión porque es un término que excluye de entrada la causa, y sin el
interrogante por la causa no hay posibilidad de cura, la pregunta por la causa es
lo que moviliza el síntoma y permite un saber, un saber sobre su deseo y sobre
su tristeza. “La felicidad posible se basa en el acuerdo verdadero entre el
sujeto y la vida que lleva. Ese acuerdo es individual, singular alejado de
cualquier fórmula supuestamente válida para todos”










Comentarios
Publicar un comentario