El padecimiento actual de los sexos


La posición femenina y masculina en la vida erótica y en la vida sentimental, siempre ha denotado una disimetría harto significante que la sabiduría popular ha sabido detallar (las mujeres son de Venus y los hombres de Marte) claro que a lo largo de la historia hemos aprendido a no sólo convivir sino además inventarnos a partir de esas diferencias.


La llegada de un nuevo paradigma, como lo es la revolución femenina, supone un nuevo reto para estas formas de inventarnos en las relaciones de pareja. Si la emancipación de la mujer en los diferentes ámbitos de la vida ha tenido cauce gracias a este empoderamiento, la vida erótica y sentimental no ha sido ajena a ello, ha supuesto un choque para el universo falocentrista, el hombre ya no sabe cómo abordar a la mujer actual y se le presenta como extraña, es extraña incluso para ella misma. Una vez más nos encontramos con una necesidad de acercamiento a eso que nos es extraño en su misma vertiente de lo familiar. 

Antaño, el feminicidio no presentaba los índices que tienen hoy - y no precisamente por una falta de comunicación global que nos permite cotejar y hacer estadísticas de los datos - sino más, por una posición erróneamente catalogada de masoquismo de la mujer, y que admitía el acceso y la degradación por parte de su partenaire, de una forma aceptable para la sociedad (recordemos que era habitual el golpear a la mujer, además de ser aceptado por parte de la comunidad de mujeres, era también impulsado por la iglesia, con el mandato de aprobar los impulsos instintivos de cólera del hombre). La autonomía femenina en diferentes ámbitos de la vida (educación, participación política, ascenso y promoción empresarial) ha logrado trastocar cada uno de los aspectos fundamentales de la vida, y el universal fálico no ha sido indiferente a esto. 

La inclusión de todos en el discurso masculino ha pasado a ser caduco, y esto no ha sido muy bienvenido en la virilidad de muchos hombres, cuando la mujer gozaba, lo hacía en el marco del goce masculino, aunque lo seguimos viendo en algunos escenarios de la vida como el capitalismo y la pornografía, -por eso la pornografía tiene mayor demanda en el grupo de hombres que en las mujeres-. Actualmente este imperativo de gozar como goza el hombre se ha venido a pique, y una en una las mujeres develan mejor su forma de goce, exploran y gozan dentro del marco de su propio fantasma, descubren que el semblante masculino, estructuralmente limitado, les restringe, porque mientras el hombre goza de  un rasgo dentro del marco del fetiche,  la mujer hace uso del fetiche en la misma lógica del amor.

El impacto de la independencia femenina poco a poco ha tenido su manifestación en lo particular de cada relación de pareja, la emancipación del goce masculina, ha escindido en un distanciamiento del acceso erótico y sentimental. Se confunde cada día mas diferencia con desigualdad, se debe luchar por la obtención de los mismos derechos, pero no por la igualdad. El éxito de los movimientos postfeministas, es que reconocen la diferencia sexual y optan por la ecuanimidad, no se separan del hombre, lo confrontan y le demuestran que por ser mujer nada está velado. “se confunde la igualdad de derechos con la igualdad sexual, cuando la diferencia fundamental es la diferencia sexual” (M. Fernández 2015).

Esta nueva forma de clandestinidad femenina ha llevado al exilio a muchas mujeres, y al desencuentro a muchos hombres, no sabemos relacionarnos con el otro sexo, ni con el mismo. El pacto en la vida erótica y sentimental entre los sexos se ha visto roto, incluso más roto de lo que ya estaba. La mujer que se presenta como inaccesible al goce masculino está vetando su propio goce, si se sufría por amor ahora se sufre doblemente.

No hay nada que diga cómo hay que gozar, nos inscribimos continuamente en ese infranqueable pacto que se tiene con el fantasma, pero lo que posibilita una ficción dentro del real de la no relación sexual, es precisamente, el juego de rol que permite un viraje a una relación posible. El prestarse al goce del hombre posibilita recibir el signo de amor de este, una suerte de antifaz que es susceptible a ser desmontado;  prestarse a ello no es lo mismo que identificarse con ello, de lo que se trata es de la mascarada.

El estrago en la mujer está del lado de la pérdida del signo de amor, y en su pérdida hace que lo busque una y otra vez, incluso confundiendo amor con maltrato, no es un amor masoquista como se suele creer, es “una demanda de amor permanentemente decepcionada, y que precisamente por eso insiste” (M. Fernández 2015).

La demanda constante por parte del hombre, de que se le confiese el enigma del goce femenino, acarrea dificultades sociales que evidenciamos día tras día. Si en la mujer la pérdida del signo de amor tiene forma de estrago, en el hombre, la tiene la limitación y el desconocimiento del goce femenino; y mezclado con la dependencia infantil que muchos pueden demostrar, puede llegar a ser devastador en el real de la relación misma, acechándolas, acosándolas y en su vertiente más radical asesinándolas. La lógica infantil de que para conocer algo hay que reducirlo hasta llegar a su destrucción, es incurrir a la violencia como única vía de acceso, a lo enigmático del goce femenino, cuando ni ella misma tiene la respuesta.

Esta confusión imaginaria que confunde la diferencia con la desigualdad, aboca dificultades a la hora de inventarnos en las relaciones de pareja, nos condena al régimen del unisex y nos perpetúa a la soledad. La problemática es siempre de lo mismo, siempre del orden de la imposibilidad de admitir el goce ajeno, siempre de la incapacidad de aceptar la diferencia. 

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