Confinamiento e inconsciente

La
pandemia ha traído una serie de estragos de incalculables proporciones, ha
cobrado millones de vidas humanas, y ocasionado el colapso de las instituciones
sanitarias, ha provocado la destrucción de la economía, arruinado negocios y puestos
de trabajo, ha separado familias y amigos, y nos ha distanciado de nuestros
seres queridos condicionándonos al encierro. El confinamiento total o parcial
nos ha trastocado de formas inimaginables, hemos batallado con la
incertidumbre, con la impotencia, la ansiedad e incluso con la angustia. La
pandemia y su respuesta de contención más radical, el confinamiento, nos ha
dejado en una suerte de delirio colectivo, algo así como una distopía
universal.
La
parálisis que ha provocado el confinamiento ha supuesto un reto en la subjetividad
de cada uno, la actividad, la rutina y los hábitos, se han visto vulnerados por
la irrupción del encierro, del no poder llevar a cabo el día a día del trabajo,
los encuentros sociales, los desplazamientos y un sinfín de dinámicas que en su
conjunto son el mecanismo que nos mueve y nos genera satisfacción. Esas
formaciones que nos sirven para llenar de significación nuestras vidas se han
visto reducidas a la monotonía del aislamiento.
La
pausa ha calado hondo en cada sector de la vida, planes pospuestos, proyectos
aplazados y una sensación del tiempo indescifrable, el sentido de la
temporalidad en su vertiente más frívola y vacía. Pero hay algo que a pesar del
estrepitoso detenimiento no ha dejado de funcionar, es atemporal y por lo tanto
no entiende de los acontecimientos que corren hoy en día, no entiende de pandemias
ni confinamientos, no toma vacaciones, e incluso trabaja más cuando estamos descansado.
El
inconsciente sigue trabajando y no deja de hablarnos, nos habla siempre, aunque
no sepamos escucharlo, presente para todos es invisible para cada uno, se
esconde a simple vista, pero lo podemos evidenciar a través de los sueños, lapsus
y síntomas; se manifiesta en el sujeto de diferentes maneras y no hay forma de
acallarlo. Sin embargo, el yo ha tenido sus trucos para defenderse de la
presencia del inconsciente, mecanismos en los que nos apoyamos para rechazar su
presencia, aunque la irrupción del inconsciente desborda y se hace visible de maneras
que el sujeto no puede controlar.
El
rechazo al inconsciente -cosa por otro lado normal ya que su presencia violenta
al sujeto- y los mecanismos con los que se vale para sostener dicho rechazo, se
han visto coaccionados por el confinamiento, como una suerte de amplificador ha
puesto acento a su llamado, se hace eco y toca con más ímpetu las puertas de
nuestro pensamiento, la incesante voz del inconsciente ha encontrado un aliado
en el confinamiento para hacerse con la atención del sujeto, con consecuencias importantes en el estado de ánimo y la salud mental.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya advertía en el mes de mayo que el confinamiento afectaría la salud mental de muchas personas, el incremento de la depresión en el confinamiento es cuanto menos notoria, y lo demuestra el aumento de consumo de antidepresivos. Pero la depresión es solo un término genérico para designar algo que desconoce el tratamiento farmacológico, y es que al inconsciente no se le puede ignorar.
Podríamos
decir entonces que ¿es suficiente dar como causa el aislamiento social para
explicar las patologías del estado de ánimo producidos por el confinamiento? El
psicoanálisis no trata la depresión como tal, porque la depresión es un término
que de por si excluye la causa, en cambio lo que si trata es la angustia,
siendo inclusive su mejor tratamiento. Veamos.
El
efecto del confinamiento, lo cual ha significado la parálisis de nuestras
vidas, nos ha hecho parar a pensar en cosas en las que en la cotidianidad no
pensaríamos, o no al menos con demasiado detenimiento, Las labores,
obligaciones, proyectos y demás procesos son el alimento de lo simbólico e
imaginario que ayudan a taponar el sin sentido de lo real, lo cual en su práctica
se puede equiparar a que la actividad sirve para dotar de sentido la vida, mantienen
a raya esos estados que comúnmente llamamos de existencialismo, que mal
administrados o sin un objetivo claro, producen sufrimiento en el sujeto.
Lo
que todo esto, aparentemente obvio pero rico en sentido, nos dice, es que la
actividad puede funcionar como mecanismo de defensa frente al inconsciente,
porque el inconsciente también es un real, un real que puede llegar a hacer
sufrir al sujeto en su desconocimiento, así pues, tenemos la descarga motriz
como forma de rechazo del inconsciente, el “actuar y no pensar” el pasaje al
acto como recurso para evitar el encuentro con eso desconocido en nosotros
mismos.
Pero
dado que el confinamiento nos ha arrebatado la posibilidad de esa descarga
motriz, de hacer uso de la actividad como defensa, el muro cae y queda al
descubierto aquello de lo que no queremos saber; sin ninguna vigilancia más que
del pensamiento la única defensa posible es la de la angustia.
En
otras palabras, al haber reducción de movilidad, en resumen, de cosas que nos
sirven para taponar el saber del inconsciente, esa barrera queda inhabilitada,
desprotegida frente a su manifestación, no queda más que esperar el encuentro
inevitable con lo real. El confinamiento ha logrado poner a superficie lo que
la actividad y la descarga motriz encubrían en forma de patologías del cuerpo y
enfermedades, y en su respuesta se ha presentado lo más real, la angustia del
encuentro directo con el inconsciente.
Cuando
el inconsciente es ignorado produce sufrimiento en el sujeto, y la forma de
manifestar ese sufrimiento es el síntoma, el sujeto se siente enfermo tanto en
el pensamiento como en el cuerpo. Lo único que apacigua al inconsciente es su
interpretación, y esta se da a través de la palabra.
No
hay otra vía más que la del uso de la asociación libre para dar luz a lo oscuro
y angustiante que hay en cada uno, la experiencia del psicoanálisis en tanto
trasferencia analítica, permite dar paso a la dimensión del saber del
inconsciente, y es el propio sujeto en calidad de analizante quien da respuesta
a la construcción de su síntoma.










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