Suplantación tecnológica: La IA al rescate de la humanidad


Una de las mayores controversias en la que nos hemos visto envueltos a lo largo de estos meses, impulsada por la incertidumbre y la incapacidad que nos produce el confinamiento y el real de la pandemia, es preguntarnos por aquello que nos espera al “final del túnel” a la nueva normalidad, o si la nueva normalidad va ser ya de por si el túnel mismo. 

Lo vemos desde casa por medio de las pantallas de nuestros televisores, ordenadores o móviles, envueltos en polémicas partidistas, desde las cámaras parlamentarias y las cortes de cada gobierno, hasta las calles de Madrid, Roma, Washington o Santiago de chile. Los que se manifiestan en contra de las decisiones del gobierno de mantener el estado de alerta, y los que lo defienden apelando a la salud y a la vida, salimos a las calles a manifestar el desacuerdo respetando o no las normas de distanciamiento social, otros incluso, se manifiestan en contra de aquellos que se manifiestan en contra del estado de alarma; Y así, una y otra vez, nos vemos involucrados en la estructura de guion del malestar cultural, en el eterno problema de la incapacidad que tiene la historia de enseñarnos algo, o mejor dicho, de la incapacidad del ser humano de aprender de la historia. 

Hace un par de meses leía una columna en el Russian Today (RT), del filósofo esloveno Slavoj Zizek, en el que evoca una escena de la pelicula Kill Bill Vol. 2, para metaforizar la “inevitable muerte del capitalismo”, donde Beatrix protagonizada por Uma Thurman, da muerte a su malévolo mentor con la “técnica del corazón explosivo de cinco puntos en la palma”, para describir los efectos que está produciendo el COVID-19 al sistema capitalista, una muerte que en su alegoría misma seria lenta y dolorosa, incluso poética si se puede decir; El 14 de mayo contrasta de nuevo con una columna para el RT, con la visión de un futuro próximo al estilo de los hermanos Wachowsky y su película de culto Matrix, poniendo en relieve las intenciones de empresas privadas como Google, Amazon y Apple, en colaboración con agencias gubernamentales, para explotar las ventajas que el confinamiento y la pandemia permiten en materia de dominio, manipulación o censura de datos, tener mayor control de los servicios públicos, y en palabras del mismo Zizek “mantenernos protegidos, físicamente aislados y sin palabras, mientras que nuestros señores de la alta tecnología se beneficia de una masa de múltiples millones de humanos invisibles”.  

Solo me viene a la cabeza la posibilidad de un tiro de gracia para el capitalismo, en la vertiente del surgimiento de un nuevo sistema socio-económico, más exacerbado en sus ideales de mercantilización agresiva, explotación y desigualdad enmascaradas por una oportunidad de desarrollo, y la reconstrucción social y económica en manos de las ventajas que nos aportan las tecnociencias. No queda más que pensar estas declaraciones retratadas en la vida real, como una distopia al mejor estilo de Black Mirror o de Years & Years y su visión de un mundo completamente desesperanzador.  

La Periodista y activista Canadiense Naimi Klein nos retrata “la distopia de alta tecnología que nos espera tras el coronavirus” en su artículo publicado para the intercept con el nombre de Screen new deal, pone a la luz la negociación que se tiene entre manos entre el ex-CEO de Google Eric Schmidt y el gobernador del estado de Nueva York Andrew Coumo, para llevar a cabo un “proyecto de integración tecnológica en la recuperación post-COVID", y que tendrán como planteamiento principal la centralización de la telesalud, el paso de las clases de aulas físicas a el aprendizaje remoto, y la ampliación de la banda ancha a la tecnología 5G. Cosa que no solo les permitirá llenar sus bolsillos a costa de inmensas inversiones públicas y más crecimiento para el ideal Silicon Valley, sino también quedar frente a la opinión pública como los visionarios (palabra utilizada por Coumo para referirse a Bill y Melinda Gates) y salvadores de la nueva y esperanzadora normalidad y el progreso de la civilización.  

Pero lo que no vemos de estas propuestas de desarrollo que se elaboran detrás de bastidores son las que realmente nos deben preocupar, como son las planteadas por Zizek de un mayor control y manipulación por parte del sector privado, una suerte de alienación de masas vía lo tecnológico, en donde Matrix es la Nueva York post-pandemia, el punto cero de lo que a saber será el futuro del mundo entero.  

Posiblemente para algunos esto sea una visión hiperbólica de las circunstancias que nos sobrevienen, y dado el caldo de cultivo que ha generado la pandemia en materia de bulos, fake news, y teorías conspiratorias, no sería para menos. Pero lo que no podemos negar, y de lo cual solo denotaría ignorancia e inconciencia social, es de lo que nos puede ofrecer la historia y su enseñanza. 

Si me remito a la historia es porque ella precisamente tiene mucho que enseñarnos acerca de todo esto, acerca de las épocas que han acontecido avances tecnológicos y como y desde que sectores se ha tomado el beneficio de estos avances, de la implementación de intereses privados en el ámbito público, de las pandemias virales como de las pandemias de odio (aún más peligrosas a mi parecer), y de lo paradójico y sorprendentemente contradictorio que puede llegar a ser la palabra progreso. Pero también de las revoluciones, del poder del y para el pueblo, y del bien para la mayoría y no para una minoría que tiene la mayoría de los recursos, nos olvidamos muchas veces de esa cara de la moneda de la historia que es más proclive al olvido, porque como dicen los visionarios, la historia la escriben los vencedores.

De nuevo caemos en la trampa mágica de los señores del poder, de los que entienden muy bien y saben poner en práctica la prestidigitación. De lo único que se sabe bien es del espectáculo a vista de todos, en la mano misma que se mueve con gracia y encanto, y del engaño en la otra mano que oculta su verdadera intención poco o nada se sabe, porqué cuando se desvela en el acto lo que hace posible la fascinación, el mago pierde su credibilidad, su poder, y pasa a ser otro estafador más. Así pues, el espectáculo toma forma de manifestaciones por la pérdida de derechos de libertad (cuando la realidad es que no somos más libres en el discurso neoliberal que en el confinamiento) de la resistencia frente a perder algo del goce, a aferrarse a eso que nos promete la felicidad en forma de mercancía y novedad, pero que tiene que estar en contantes actualizaciones para no perder nuestra atención, como buen animador, y no dejarnos caer en el intervalo de la función, en donde se podrían empezar a gestar ideas propias, elucubraciones amenazantes para el control abducido en el que estamos.  

Tomando una frase de Fsociety, la organización secreta de la serie Mr. Robot, en donde describen una socedad gobernada por el 1% de la sociedad. Aquella pequeña revolución que comienza de una psicosis nos esboza una verdad “Our democracy has been hacked” pone de pleno la realidad que estamos divisando a la salida del túnel, y en la cual cada uno de nosotros somos coparticipes. No estamos menos ciegos que los anfitriones de Westworld y aún ellos lograron salir de su ceguera inducida.  

¿No sería más lógico manifestarnos porque en algunos gobiernos siga en ascenso la inversión militar, la cual supera con creces la inversión en salud? (el gasto militar global creció un 3,6% en 2019, el mayor aumento de la última década) la carrera armamentista de los diferentes gobiernos sigue, aún en medio de una pandemia global. Deberíamos manifestarnos por el alza en las inversiones tecnológicas a costa de las inversiones educativas en infraestructura y contratación docente (ya hay algoritmos a la espera de reemplazar profesores, la implementación de la educación remota permitiría el ingreso de esto a nuestras aulas virtuales). La dicotomía de la inversión en humanos o la inversión en tecnología nos ha alcanzado, y grandes corporaciones se esfuerzan por demostrarnos que es lo mismo, es innegable la necesidad de gasto en tecnologías pero de ningún modo a costa del entierro de millones de empleos, educación, salud, explotación natural y vidas humanas.  

En la época del “distanciamiento social requerimos acercamiento subjetivo”, como nos propone Miquel Bassols. Es posible el contagio de un virus que se trasmita por medio de las ideas y que propague conciencia colectiva, pactos que luchen en contra de la desigualdad y no de las diferencias, y que empiecen por el desadormecimiento y la ceguera del panorama que nos han puesto ante nuestros ojos. Desde la distancia es posible un acercamiento simbólico que nos beneficie aún más que el de acercamientos movidos por las manifestaciones en las calles. Eric Laurent el cual pone en alcance lo posible de la presencia en la misma ausencia nos plantea el punto de partida para ello “servirse del Skype para prescindir de él”. 





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